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Algunos consejos para que los alumnos redacten mejor en la #Universidad #redacción #escritura

Algunos consejos para que los alumnos redacten mejor en la Universidad:

 

  1. Dedica tiempo a pensar lo que vas a escribir. Supera la pereza de revisar lo escrito.

 

  1. Respeta el orden lógico de las frases, en la medida de lo posible.

 

  1. Que actúen los actores: los protagonistas de la frase que actúen de sujeto y objeto (D. Cassany).

 

  1. Combina oraciones largas y cortas. Así, evitarás la monotonía. No abuses de la subordinación. Redacta oraciones de una longitud equilibrada (no más de 30 palabras).

 

  1. Respeta la corrección gramatical y ortográfica.

 

  1. Precisión léxica: emplea las palabras adecuadas y evita el léxico pedante y afectado. Usa los adjetivos necesarios.

 

  1. Emplea con precisión y sentido los marcadores del discurso.

 

  1. Enlaza bien los párrafos. Que haya progresión temática en el texto. Escribe una idea por párrafo y, si es oportuno, la información principal al principio de cada uno.

 

  1. Evita las repeticiones innecesarias.
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Algunos consejos para escribir mejor…

Far de San Sebastià

Rescato unos divertidos consejos para redactar mejor:

Consejos de escritura

  1. Evitar los infinitivos.
  2. Nada de frases entrecortadas. Nunca. Jamás. Jamás de los jama­ses. Afectan al estilo.
  3. Evitar los subrayados siempre. Por si hay que repetirlo: siem-pre.
  4. No meter condicionales al final de las frases si la idea lo permite, si se puede.
  5. No usar paréntesis (con más razón paréntesis irrelevantes) de ninguna manera (porque no suelen aclarar) y revisar (a conciencia: y veces) para suprimirlos.
  6. Procurar tender a ser más o menos concreto, casi siempre, en buena parte de los textos, especialmente si el texto es de un carác­ter … Digamos que en los textos en general.
  7. ¿Se ha preguntado alguien si sirven las llamadas ‘preguntas retó­ricas’?
  8. Ir directo al grano y no usar frases hechas ni caer en el típico tópico.
  9. Recordar, como escribió Mark Twain o algún escritor del siglo XIX, que ‘el abuso de las citas denota ignorancia’.
  10. Las comparaciones son tan malas como las frases hechas.
  11. Pasar del lenguaje coloquial y en ese plan. Que le den. Super importante.
  12. Las metáforas chirrían más que una tiza que se arrastra indócil por la pizarra.
  13. Evitar signos ajenos al idioma & barbarismos & slang. ; -)
  14. Las exageraciones son un millón de veces más peligrosas que todos los demás defectos de redacción juntos, como nadie se atre­verá a poner en duda, por supuesto.
  15. Ser exhaustivos con los detalles y todo eso.
  16. Ser concisos y no divagar. La concisión constituye, por sí misma, un elemento de comunicación de primer orden, ya que facilita la comprensión de los diversos contenidos semánticos incorporados en el texto, los cuales, por su propia razón de ser y su naturaleza constitutiva, dan a entender aquello que el emisor del mensaje (al que llamaremos ‘A’) trata de comunicar al receptor del mensaje (al que llamaremos ‘B’). En el proceso de emisión de mensaje, empero, conviene no descartar que pueden producirse los denominados ruidos de transmisión, también designados según qué terminologías, manchas consistentes ora en circunstancias, ora accio­nes, ora omisiones y un largo, inacabable etcétera de muy distinta índole, por una interrupción, parcial o total, del habitualmente complejo proceso comunicativo que se pretende alcanzar entre ‘A’ y ‘B’ y que luego desemboca en la inversión de términos que necesita la retroalimentación, también designada feed-back, la cual, a su vez, en función de las claves interpretativas debería atender a

 

Nuestro tiempo, abril, 2007, p. 111.  Joseluís González

10 reglas para comunicar la fe

Me ha enviado un periodista el siguiente documento. Me parece muy sugerente…

Diez reglas para comunicar la fe

Probemos a convencer
sin querer derrotar

La comunicación de la fe es una cuestión antigua, presente en los dos mil años de vida de la comunidad cristiana, que siempre se ha considerado mensajera de una noticia que le ha sido revelada y es digna de ser comunicada. Es una cuestión antigua, pero es también un tema de candente actualidad. Desde Pablo VI hasta Benedicto XVI, los Papas no han dejado de señalar la necesidad de mejorar la comunicación la fe.

Con frecuencia, esta cuestión se relaciona con la “nueva evangelización”. En ese contexto, Juan Pablo II afirmó que la comunicación de la fe ha de ser nueva “en su ardor, en sus métodos, en su expresión”. Aquí nos referiremos en particular a la novedad en los métodos.

Hay factores externos que obstaculizan la difusión del mensaje cristiano, sobre los que es difícil incidir. Pero cabe avanzar en otros factores que están a nuestro alcance. En ese sentido, quien pretende comunicar la experiencia cristiana necesita conocer la fe que desea transmitir, y debe conocer también las reglas de juego de la comunicación pública.

Partiendo, por un lado, de los documentos eclesiales más relevantes y, por otro, de la bibliografía esencial del ámbito de la comunicación institucional, articularé mis reflexiones en una serie de principios. Los primeros se refieren al mensaje que se quiere difundir; los siguientes, a la persona que comunica; y los últimos, al modo de transmitir ese mensaje en la opinión pública. Ante todo, el mensaje ha de ser ser positivo. Los públicos atienden a informaciones de todo género, y toman buena nota de las protestas y las críticas. Pero secundan sobre todo proyectos, propuestas y causas positivas.

Juan Pablo II afirma en la encíclica “Familiaris consortio” que la moral es un camino hacia la felicidad y no una serie de prohibiciones. Esta idea ha sido repetida con frecuencia por Benedicto XVI, de diferentes maneras: Dios nos da todo y no nos quita nada; la enseñanza de la Iglesia no es un código de limitaciones, sino una luz que se recibe en libertad.

El mensaje cristiano ha de transmitirse como lo que es: un sí inmenso al hombre, a la mujer, a la vida, a la libertad, a la paz, al desarrollo, a la solidaridad, a las virtudes… Para transmitirla adecuadamente los demás, antes hay que entender y experimentar la fe de ese modo positivo.

Adquieren particular valor en este contexto unas palabras del Cardenal Ratzinger: “La fuerza con que la verdad se impone tiene que ser la alegría, que es su expresión más clara. Por ella deberían apostar los cristianos y en ella deberían darse a conocer al mundo”. La comunicación mediante la irradiación de la alegría es el más positivo de los planteamientos.

En segundo lugar, el mensaje ha de ser relevante, significativo para quien escucha, no solamente para quien habla. Tomás de Aquino afirma que hay dos tipos de comunicación: la locutio, un fluir de palabras que no interesan en absoluto a quienes escuchan; y la illuminatio, que consiste en decir algo que ilustra la mente y el corazón de los interlocutores sobre algún aspecto que realmente les afecta. Comunicar la fe no es discutir para vencer, sino dialogar para convencer. El deseo de persuadir sin derrotar marca profundamente la actitud de quien comunica. La escucha se convierte en algo fundamental: permite saber qué interesa, qué preocupa al interlocutor. Conocer sus preguntas antes de proponer las respuestas. Lo contrario de la relevancia es la auto-referencialidad: limitarse a hablar de uno mismo no es buena base para el diálogo.

En tercer lugar, el mensaje ha de ser claro. La comunicación no es principalmente lo que el emisor explica, sino lo que el destinatario entiende. Sucede en todos los campos del saber (ciencia, tecnología, economía): para comunicar es preciso evitar la complejidad argumental y la oscuridad del lenguaje. También en materia religiosa conviene buscar argumentos claros y palabras sencillas. En este sentido, habría que reivindicar el valor de la retórica, de la literatura, de las metáforas, del cine, de la publicidad, de las imágenes, de los símbolos, para difundir el mensaje cristiano.

A veces, cuando la comunicación no funciona, se traslada la responsabilidad al receptor: se considera a los demás como incapaces de entender. Más bien, la norma ha de ser la contraria: esforzarse por ser cada vez más claros, hasta lograr el objetivo que se pretende.

Pasemos ahora a los principios relativos a la persona que comunica.

Para que un destinatario acepte un mensaje, la persona o la organización que lo propone ha de merecer credibilidad. Así como la credibilidad se fundamenta en la veracidad y la integridad moral, la mentira y la sospecha anulan en su base el proceso de comunicación. La pérdida de credibilidad es una de las consecuencias más serias de algunas crisis que se han producido en estos años.

El segundo principio es la empatía. La comunicación es una relación que se establece entre personas, no un mecanismo anónimo de difusión de ideas. El Evangelio se dirige a personas: políticos y electores, periodistas y lectores. Personas con sus propios puntos de vista, sus sentimientos y sus emociones. Cuando se habla de modo frío, se amplía la distancia que separa del interlocutor. Una escritora africana ha afirmado que la madurez de una persona está en su capacidad de descubrir que puede “herir” a los demás y de obrar en consecuencia. Nuestra sociedad está superpoblada de corazones rotos y de inteligencias perplejas. Hay que aproximarse con delicadeza al dolor físico y al dolor moral. La empatía no implica renunciar a las propias convicciones, sino ponerse en el lugar del otro. En la sociedad actual, convencen las respuestas llenas de sentido y de humanidad.

El tercer principio relativo a la persona que comunica es la cortesía. La experiencia muestra que en los debates públicos proliferan los insultos personales y las descalificaciones mutuas. En ese marco, si no se cuidan las formas, se corre el riesgo de que la propuesta cristiana sea vista como una más de las posturas radicales que están en el ambiente. Aun a riesgo de parecer ingenuo, pienso que conviene desmarcarse de este planteamiento. La claridad no es incompatible con la amabilidad.

Con amabilidad se puede dialogar; sin amabilidad, el fracaso está asegurado de antemano: quien era partidario antes de la discusión, lo seguirá siendo después; y quien era contrario raramente cambiará de postura.

Recuerdo un cartel situado a la entrada de un “pub” cercano al Castillo de Windsor, en el Reino Unido. Decía, más o menos: “En este local son bienvenidos los caballeros. Y un caballero lo es antes de beber cerveza y también después”. Podríamos añadir: un caballero lo es cuando le dan la razón y cuando le llevan la contraria.

Veamos por último algunos principios que se refieren al modo de comunicar: El primero es la profesionalidad. “Gaudium et Spes” recuerda que cada actividad humana tiene su propia naturaleza, que es preciso descubrir, emplear y respetar, si se quiere participar en ella. Cada campo del saber tiene su metodología; cada actividad, sus normas; y cada profesión, su lógica.

La evangelización no se producirá desde fuera de las realidades humanas, sino desde dentro: los políticos, los empresarios, los periodistas, los profesores, los guionistas, los sindicalistas, son quienes pueden introducir mejoras prácticas en sus respectivos ámbitos. San Josemaría Escrivá recordaba que es cada profesional, comprometido con sus creencias y con su profesión, quien ha de encontrar las propuestas y soluciones adecuadas. Si se trata de un debate parlamentario, con argumentos políticos; si de un debate médico, con argumentos científicos; y así sucesivamente. Este principio se aplica a las actividades de comunicación, que están conociendo un desarrollo extraordinario en los últimos años, tanto por la calidad creciente de las formas narrativas, como por las audiencias cada vez más amplias y por la participación ciudadana cada día más activa.

El segundo principio podría denominarse transversalidad. La profesionalidad es imprescindible cuando en un debate pesan las convicciones religiosas. La transversalidad, cuando pesan las convicciones políticas.

En este punto, vale la pena mencionar la situación de Italia. Al hacer la declaración de la renta, más del 80% de los italianos marcan la casilla correspondiente a la Iglesia, porque desean apoyar económicamente sus actividades. Eso quiere decir que la Iglesia merece la confianza de una gran mayoría de ciudadanos, no solamente de quienes se reconocen en una tendencia política.

El tercer principio relativo al modo de comunicar es la gradualidad. Las tendencias sociales tienen una vida compleja: nacen, crecen, se desarrollan, cambian y mueren. En consecuencia, la comunicación de ideas tiene mucho que ver con el “cultivo”: sembrar, regar, podar, limpiar, esperar, antes de cosechar.

El fenómeno de la secularización se ha ido consolidando en los últimos siglos. Procesos de tan larga gestación no se resuelven en años, meses o semanas. El cardenal Ratzinger explicaba que nuestra visión del mundo suele seguir un paradigma “masculino”, donde lo importante es la acción, la eficacia, la programación y la rapidez. Y concluía que conviene dar más espacio a un paradigma “femenino”, porque la mujer sabe que todo lo que tiene que ver con la vida requiere espera, reclama paciencia.

Lo contrario de este principio es la prisa y el cortoplacismo que llevan a la impaciencia y muchas veces también al desánimo, porque es imposible lograr objetivos de entidad en plazos cortos.

A estos nueve principios habría que agregar otro que afecta a todos los aspectos mencionados: al mensaje, a la persona que comunica y al modo de comunicar. El principio de la caridad.

Algunos autores han destacado que, en los primeros siglos, la Iglesia se extendió de forma muy rápida porque era una comunidad acogedora, donde era posible vivir una experiencia de amor y libertad. Los católicos trataban al prójimo con caridad, cuidaban de los niños, los pobres, los ancianos, los enfermos. Todo eso se convirtió en un irresistible imán de atracción.

La caridad es el contenido, el método y el estilo de la comunicación de la fe; la caridad convierte el mensaje cristiano en positivo, relevante y atractivo; proporciona credibilidad, empatía y amabilidad a las personas que comunican; y es la fuerza que permite actuar de forma paciente, integradora y abierta. Porque el mundo en que vivimos es también con demasiada frecuencia un mundo duro y frío, donde muchas personas se sienten excluidas y maltratadas y esperan algo de luz y de calor. En este mundo, el gran argumento de los católicos es la caridad. Gracias a la caridad, la evangelización es siempre y verdaderamente, nueva.

Juan Manuel Mora, Universidad de Navarra (España)

21 de agosto de 2011

L’Osservatore Romano, 00120 Ciudad del Vaticano.

Más consejos

Consejos para redactar. Proceden de un blog de profesores de una magnífica universidad en la que paso muchas horas leyendo y estudiando:

1. No necesitas clichés
2. Evita las palabras largas
3. Si puedes suprimir una palabra, suprímela
4. Escribe en presente
5. En caso de duda, dilo claramente
6. Es mejor ser interesante que seguir estas reglas…

Más consejos de oratoria y IV

El profesor Lafuente recomienda vocalizar y resume los consejos de esa conferencia.

Más consejos de oratoria III

Más, y más, y más consejos. Frase breve, mirada interpelante, silencios y velocidad posible.

Más consejos de oratoria II

Consejos: nunca la palabra antes que el pensamiento, no interrumpir la frase, y frase breve.


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