Archive for the 'artículo' Category

Sugerencias personales para elegir #universidad @eleconomistaes

Algunas sugerencias para elegir universidad. Algunas.

http://www.eleconomista.es/ecoaula/noticias/8842765/01/18/En-busca-de-la-universidad.html

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Wikipedia and truth (in Spanish)

Agudo y certero el artículo de Paco Sánchez sobre la wikipedia y la verdad.

(Los comentarios no dejan de ser también certeros… )

Wikipédicos

La idea de una gran enciclopedia abierta a todos los asuntos y escrita por quien quiera parece, de entrada, muy atractiva: una especie de democratización de la verdad. El único problema radica en que la verdad no es democrática, porque si depende de mayorías dependerá también de quién controle las mayorías. Se ve en la Wikipedia, convertida en sinónimo de lo dudoso o inseguro, de lo no fiable. Los profesores alertan a sus alumnos para que huyan de ella o sospechen de sus contenidos, pero sus entradas suelen figurar entre las primeras que devuelve cualquier buscador y… ahí caen muchos estudiantes y no pocos periodistas, razón por la que entre las decenas de miles de editores de la Wikipedia escasean los expertos y abundan quienes trabajan para las agencias de relaciones públicas, los gabinetes de los políticos y los asesores de los lobbies empresariales o ideológicos.

Hace años quise arreglar una página disparatada sobre algo que conocía bien. Introduje datos reales en lugar de los inventados y empeoré las cosas: alguien entró inmediatamente después, dejó algunos de los datos que aporté y repuso buena parte de los erróneos o maliciosos, de modo que conseguí dotar el texto de una credibilidad de la que antes carecía. Así que, o me metía en una guerra con editores anónimos o lo dejaba estar. Lo dejé estar y no he vuelto a pasar por la Wikipedia.

Una cosa es democratizar el conocimiento y otra, democratizar la verdad. Cuando se pone en manos de la masa, la verdad se reduce a un asunto de dinero, como la Wikipedia: una propiedad privada moldeable al gusto de quien pueda pagarla.

Publicado en La Voz de Galicia, 3.mayo.2014

– See more at: http://blogs.lavozdegalicia.es/pacosanchez/2014/05/03/wikipedicos/#sthash.ZjIkELFo.dpuf

El enclaustramiento de la Universidad (Argullol) @elpais

Recomiendo la lectura del artículo “La cultura enclaustrada” escrito por Argullol en El País.

Destaco estos párrafos:

A finales de la Edad Media el caudal más fecundo de la cultura europea pasó de los monasterios a las universidades.(…)

(Apunte nuestro: aunque no hay que olvidar que antes de la formación de las universidades propiamente existieron las escuelas catedralicias y las gremiales, según explica este artículo [pdf 1,6 MB])

Las universidades occidentales se consolidaron definitivamente en los siglos xix y xx (sumando las americanas a las europeas) y, aunque nunca se despojaron por completo de su origen, por así decirlo, monástico, participaron activamente en la vida cultural moderna. Siempre mantuvieron una tendencia centrípeta y endógena pero, paralelamente, muchos de sus miembros se incorporaron a los debates públicos de su época y fueron grandes creadores de la literatura y del pensamiento. En estos dos últimos siglos es imposible tratar de comprender la historia cultural, o simplemente la Historia, sin atender a la función de las universidades en la dinámica pública y sin subrayar la importancia de numerosos profesores en la esfera creativa.

Pero no estoy seguro de que esto continúe siendo cierto. En los últimos lustros, y de un modo increíblemente acelerado, se ha producido una suerte de inversión de tendencias, a partir de la cual la universidad ha tendido a replegarse sobre sí misma (…)

Es llamativo, a este respecto, la escasa aportación universitaria a los conflictos civiles actuales, incluidas las crisis sociales o las guerras. En dirección contraria, el universitario ha asumido obedientemente su pertenencia a un microcosmos que debe ser preservado, aún a costa de dar la espalda a la creación cultural. (…)

Hasta hace poco lo que se valoraba en un profesor, además de su capacidad para la investigación, era su magisterio docente y la publicación de libros relevantes en su área de conocimiento. Precisamente esta última tarea era decisiva para facilitar una ósmosis entre la universidad y la sociedad. El libro —y, a poder ser, el gran libro— era el instrumento básico en la vertebración de la cultura y, simultáneamente, el desafío que debía afrontar el profesor que aspiraba a la madurez intelectual. La cultura occidental moderna está jalonada por libros que son fruto de aquel reto. Como complemento de esta tarea muchos profesores trataban de comunicarse con el público más amplio posible mediante la intervención en revistas y periódicos.

No obstante, de un tiempo a esta parte, se ha producido un estrechamiento paulatino del anterior horizonte al mismo ritmo en que la universidad, como institución, ha sacralizado el paper como medio de promoción profesional. En la actualidad una gran mayoría de profesores ha descartado la escritura de libros como labor primordial para concentrarse en la producción de papers. En muchos casos esta renuncia es dolorosa pues frustra una determinada vocación creativa, a la par que investigadora, pero es la consecuencia de la propia presión institucional, puesto que el profesor deber ser evaluado, casi exclusivamente, por sus artículos supuestamente especializados. Como quiera que sea, el nuevo microcosmos en el que se encierra a la universidad traza una kafkiana red de relaciones y hegemonías notablemente opaca para una visión externa a la institución. Además de atender a sus labores docentes, los profesores universitarios emplean buena parte de su tiempo en la elaboración de papers, textos con frecuencia herméticos, destinados a denominadas “revistas de impacto”, publicaciones que tienen, por lo común, escasos lectores —siempre del propio ámbito de la especialización— aunque con un gran poder ya que son las únicas “que cuentan” en el momento de evaluar al universitario. En consecuencia, los profesores, sobre todo los jóvenes y en situación inestable, hacen cola para que sus artículos sean admitidos en publicaciones de valor desigual pero insoslayables. Se conforma así una suerte de mandarinato que rige el microcosmos. Los profesores son calificados, mediante las evaluaciones oficiales, de acuerdo con el acatamiento a aquellas normas. La ilusión o vocación de escribir obras de largo alcance —algo que requiere un ritmo lento, que a menudo abarca varios años— debe aplazarse, quizá para siempre. (…)

La cultura humanista, nacida de la libertad y de la crítica, corre el peligro, en la actual universidad, de ser enclaustrada, como si volviera al recinto monástico: no a la grandeza de aquellos monasterios que conservaron el saber antiguo sino al inmovilismo dogmático de los que pretendían preservar los conocimientos mediante su reclusión. Por admirable que sea originariamente un conocimiento aprisionado es un conocimiento muerto.

(Hasta aquí los párrafos del brillante artículo de Argullol (5 abril 2014, El País). Volvamos, pues, a la esencia de la universidad…, sin dejar de publicar papers, ni libros).

¿Por qué tantos eufemismos en asuntos centrales sobre la vida (salud sexual, interrupción voluntaria del embarazo…)?

El querido profesor Manuel Casado apunta las causas en este artículo.

 

Por más que la leo, no logro reprimir la reacción de horror que me causa la etiqueta tétrica de los paquetes de cigarrillos: “Fumar mata”. Pero fumadores y no fumadores hemos aprendido a convivir con ese aviso omnipresente. Las autoridades públicas no se andan aquí con rodeos. Al pan, pan. Quizá por ese motivo me resulta extraño que las mismas autoridades envuelvan en pudorosas expresiones eufemísticas la denominación del aborto provocado. Hasta el mismo nombre de la ley (Ley orgánica 2/2010 de salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo) parece diseñado por un gabinete de imagen empeñado en vender un producto del que ocultan su verdadera realidad.

Es sabido que cuando se desea hacer “ingeniería social”, se acude antes a realizar la oportuna “ingeniería lingüística”, a acuñar expresiones nuevas para renombrar las cosas de siempre. La “ingeniería lingüística” se apoya en la pretensión de que, si cambiamos las palabras, cambiará la realidad, o al menos su percepción social. Y un recurso privilegiado de la “ingeniería lingüística” es el empleo de eufemismos, un recurso tan viejo como el lenguaje, aunque las ideologías totalitarias del siglo XX lograron sacarle el máximo partido: las dictaduras comunistas, nazi o los nacionalismos radicales han puesto por obra el camuflaje verbal y la manipulación que G. Orwell pronosticó en su novela 1984.

Cierto que no todo eufemismo es manipulador y mendaz: hay eufemismos humanitarios, atenuadores, corteses, como invidente o discapaz; y también eufemismos magnificadores, como los que se emplean para designar ciertas profesiones o establecimientos (empleado de finca urbana “portero”, pedicuro o podólogo “callista”, boutique “tienda”, técnico en limpieza viaria “barrendero”), fenómeno que Delibes bautizó como “revolución de tarjeta de visita”. Aquí me refiero al eufemismo mentiroso o manipulador. El eufemismo consistente en el enmascaramiento, la cosmética al servicio de una ideología. Este tipo de eufemismo, al otorgar una nueva denominación a una determinada realidad, propone una nueva visión de ella, acorde con la ideología que lo acuña. Es el lenguaje políticamente correcto. Pero la realidad designada sigue manteniéndose intacta. De ahí la necesidad de buscar otros sustitutos eufemísticos cuando el uso ha terminado por “contaminar” a la expresión eufemística. Se trata del llamado “efecto dominó”: país atrasado, subdesarrollado, en vías de desarrollo, emergente…

Uno de los productos estrella del eufemismo manipulador es la expresión interrupción voluntaria del embarazo, sigla IVE, para designar el “aborto provocado”, expresión que se ha impuesto en el discurso legislativo y administrativo oficial con la polémica ley orgánica antes citada. Y esa expresión se “ha colado” en el Diccionario de términos médicos de la Real Academia Nacional de Medicina y hasta en el Diccionario académico oficial. En ambos diccionarios se define aborto como “interrupción del embarazo”. Pero, por fortuna, no todos los diccionarios del idioma han incluido ese eufemismo en la definición. El Diccionario del Español Actual (de Manuel Seco, O. Andrés y G. Ramos) y el Diccionario del Español de México, por poner un ejemplo de buenos diccionarios de cada orilla del Atlántico, discrepan de la definición académica oficial. Para el primero, aborto es la “expulsión provocada del feto”. Para el segundo, abortar es “expulsar un feto antes del tiempo en que puede vivir o expulsarlo ya muerto”.

Podrá argumentarse que el significado de interrumpir puede ser también “cancelar, cortar la continuidad de algo”. Y aquí vuelven a discrepar del Diccionario oficial los diccionarios no académicos, que precisan que forma parte del significado de interrumpir el rasgo distintivo ‘durante cierto tiempo y espacio’, motivo por el cual no resulta adecuado aplicar al aborto la noción de “interrumpir”: con el aborto no se “interrumpe” el embarazo, sino que se corta o cancela definitivamente.

Pero aun cuando admitiéramos que abortar es cancelar el embarazo, tal definición seguiría siendo eufemística y un tanto opaca al silenciar lo más importante: que se suprime una vida que comienza; una vida que es, desde el comienzo, distinta de la de la madre, como demuestran los últimos datos científicos sobre la génesis de la vida humana.

Una vida que comienza es siempre asunto de tres: padre, madre e hijo. No parece justo tratar de solucionar la tragedia de un embarazo indeseado con la tragedia superior del aborto. La legislación de un país civilizado del siglo XXI no puede desentenderse de la defensa de los más débiles, el hijo y la madre. Solo una sociedad que protege al débil es una sociedad fuerte y sana. Los poderes públicos deberían facilitar al máximo que los padres que, por lo que sea, se consideren incapaces de hacerse cargo de un niño, encuentren a otros que sí puedan hacerse cargo de él y, además, lo deseen, con lo que se solucionarían dos problemas.

Las palabras son algo más que palabras. No es indiferente nombrar algo de una u otra forma. Si es cierto que fumar mata (y decir que “interrumpe un proceso vital” no sería de recibo), no lo es menos que abortar también. Sabiéndolo o sin saberlo, queriendo o sin querer, cuando usamos el lenguaje estamos dando, con frecuencia, lecciones morales al ningunear determinados aspectos de la realidad y poner el acento en otros.

¿No da que pensar el simple hecho de que haya tanto eufemismo en tantos puntos centrales del debate actual sobre la vida: interrupción del embarazo, derechos reproductivos, salud sexual…? El contenido de la citada ley de 2010 parece que, por fin, se va a cambiar. Esperemos que también se cambie su mismo nombre, para que transparente lo que designa y no engañe a la gente. Ojalá no tengamos que lamentarnos, como tantos intelectuales de Occidente en el siglo pasado, de haber sido complacientes con una mentalidad que quiere cambiarnos las palabras corrientes e imponernos un lenguaje de diseño políticamente correcto, acorde con la ideología imperante. Ojalá llegue pronto el día histórico en que la misma humanidad que un día desterró la lacra de la esclavitud, supere también la monstruosidad del aborto.

La Razón

13 de febrero de 2014. 02:03h

Manuel Casado Velarde- catedrático de la Universidad de Navarra, Instituto Cultura y Sociedad.

“…El problema estriba en que producen consecuencias terribles.”

Una ballena salpicando agua con su cola.

Artículo de PS:

Me disponía a dar la bienvenida en esta columna a las medidas que, según filtraciones de estos días, prepara Hacienda para mejorar el tratamiento fiscal de las familias con hijos, y que empezarían por aumentar el mínimo exento en proporción al número de retoños. Me parecía una idea justa y coherente. Busqué más información en la web de un diario económico que ayer dedicaba a esta noticia su editorial y la primera página:«España, uno de los países con menos ayudas fiscales por tener hijos». Leí también los comentarios y, donde pensaba encontrar manifestaciones de alegría, tropecé con frases del siguiente tenor: «Los hijos no son una enfermedad sobrevenida, se tienen porque se quieren tener […]. Es absurdo que unos ciudadanos paguen los hijos de otros […] no tienen por qué tener un trato especial en el IRPF, ni en ningún otro concepto […]. Tal y como está el panorama en España y en el mundo […] más bien los que tendrían que pagar un impuesto especial por hijo son aquellos que los tienen».

Había más lindezas de este estilo y peores, pero las transcritas bastaron para entristecerme un momento: no solo me parecían poco inteligentes, quizá necias, sino insolidarias. Poco inteligentes, porque esos hijos de los otros pagarán nuestras pensiones o no podremos jubilarnos. Insolidarias, porque tal rebaja en el IRPF solo asegura que las familias con más hijos y coraje no tendrán que aportar de aquello que necesitan para sobrevivir.Dice el jerezano José Mateos en su libro Silencios escogidos que «las ideas de mala calidad pesan poco y por eso viajan más». El problema estriba en que producen consecuencias terribles.

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Lectura indiscriminada o ¿volver a la censura?

Os dejo con un sugerente artículo que estamos leyendo con mis alumnos.

Artículo muy recomendable

Del admirado Paco Sánchez os recomiendo su artículo “Vampirismo”. No tiene desperdicio.

A muy pocos profesores nos gusta corregir exámenes o ejercicios. Tampoco a mí.  Disfruto cuando son pocos o cuando puedo trabajarlos con calma y a ratos, sin pegarme un atracón. Pero sufro. Lo paso mal, porque esos ejercicios dan la medida exacta de cuánto he conseguido enseñar o, mejor dicho, de cuánto he conseguido que aprendan. Hoy he corregido todo el día, he suspendido a casi todos y, por tanto, a mí mismo. El caso es que había diseñado un examen más fácil que el anterior, que también suspendieron casi todos. Quizá lo puse más fácil para no suspender yo.

(Sigue)

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