Osama-Obama

Al oír y ver las noticias sobre la muerte de Osama bin Laden, andaba dándole vueltas a cómo lo han matado. No me convencía la manera de acabar con él. Hubiera sido más acertado juzgarle. Y no eliminarlo como lo han hecho. Pero como Obama es premio Nobel de la paz…

Me he topado con una reflexión que comparto por completo. Vale la pena leerla:

Osama Bin Laden ha hecho y promovido hechos abominables. Pero estoy muy lejos de pensar convencido (y pienso que no habrá mucha gente sensata que crea) que su muerte ha sido un acto de justicia civilizado. Recuerda con exceso las leyes de la vengativa ley del talión del Viejo Testamento, y recuerda demasiado la ley salvaje del viejo y lejano Western, más o menos glorificada por el cine.

A un sembrador del odio y un instrumentalizador de la religión como Bin  Laden no se le combate con sus mismas armas. No es de recibo pensar que hay una violencia “mala” (la de “ellos”) y una violencia “buena” (la “nuestra”).

Con independencia de todas las circunstancias de esta muerte, que irán a buen seguro apareciendo más o menos a la luz públca, para una persona que vive en una cultura y civilización cristana la muerte de Bin Laden no puede ser motivo de alegría. Y no sólo porque puede provocar más odios y violencias, y más control policial en la vida civilizada de nuestras ciudades por temor a esas nuevas violencias vengadoras de la venganza. Sino porque -guste o no guste- Osama Bin Laden también es un hijo de Dios, que desde luego tiene gravísimas responsabilidades de las que hubiera tenido que dar cuenta ante la justicia humana en vez de ser directamente ejecutado, pero sobre todo porque será juzgado -como cada cual- por la justicia divina, que ésta sí que -inapelable y sin violencia- no generará ulteriores violencias. Nosotros no somos los poseedores de la última palabra en asuntos de juicios finales, me temo.

Por esta razón, y por el modo en que se ha festejado la muerte de Osama Bin Laden (de un modo más auténtico que aquellas imágenes de árabes festejando algo, pero que eran previas al atentado de las Torres gemelas, y que las televisiones nos brindaron editadas según el conocido sofisma “post hoc, ergo propter hoc”), la verdad es que no tengo cuerpo ni alma para alegrarme ni festejar nada en este asunto.

(Vía Cotufasenelgolfo)

Y esta de Melchor Miralles:

[…] aunque percibo que una inmensa mayoría de los ciudadanos de los países occidentales están felices y consideran lo sucedido como una demostración de fuerza que genera confianza en la eficacia de la democracia americana, y por ende, de sus aliados, formo parte de la minoría que piensa que acabar de este modo con la vida de este repugnante ser humano ha sido un error que puede tener graves consecuencias que podemos pagar cualquiera. El número dos de Bin  Laden, el perverso Ayman Al Zawahiri, sigue muy vivo, dirige la organización terrorista y concitará ahora la admiración de los miles de seguidores ciegos que tiene Al Qaeda y que están libres. Estos asesinos siguen contando con un formidable refugio en Pakistán, la única república islámica que cuenta con armamento nuclear, tienen miles de millones de dólares a su disposición y su fanatismo va mucho más allá de Bin Laden, y le sobrevivirá enfurecido. Con la desaparición de Bin  Laden no ha sido derrotado el terrorismo islámico. Muy al contrario. La bestia está enfurecida y todo el mundo espera su reacción con temor inmenso[….]

Paco S abunda en el tema:

En taxis y aeropuertos había seguido la secuencia informativa: primero, que habían matado a Bin Laden, después dónde, las primeras versiones del cómo, el destino del cadáver, etcétera. No sé qué esperaba del telediario, pero lo vi y empecé a desesperarme: la información nueva era poca, irrelevante o desagradable, como las manifestaciones llenas de alegría delante de la Casa Blanca y al grito de “¡USA!, ¡USA!”. Pero entonces entró en escena Gema García y trajo a la pantalla el testimonio refrescante de dos chicas españolas que estaban de paso en Nueva York y tenían cara de miedo o de susto. Quizá era solo respeto por la cámara. Una de ellas dijo en el tono justo, casi tímido, la frase que introdujo una sensatez consoladora en aquel informativo descabellado: “Alegrarse por la muerte de alguien no está bien, pero supongo que les producirá alivio”.
En la primera parte de su respuesta enunció un principio insuficientemente repetido esta semana: el Vaticano se quedó casi solo en la reprobación de las celebraciones. La segunda parte implica un intento de comprensión, de hacerse cargo. De alguna manera, aquella chica hizo lo contrario que Obama. El presidente se saltó los principios, quizá porque no le quedaba otro remedio o no supo encontrar mejor solución. En eso consiste exactamente el pragmatismo: en reconocer los principios y no aplicarlos, sin embargo, al caso concreto, o aplicarlos solo a los nuestros.

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