Vuelve MAGALHÃES

Vuelve MAGALHÃES con otro artículo acertado. Esta vez habla de Mourinho. Cómo escribir con un tono nostálgico de la tierra natal, de un gran entrenador y del fútbol como espejo del mundo en que vivimos. Como hice hace un tiempo, os dejo con el artículo completo.

 

Mourinho, el gladiador

Un país pequeño como Portugal pierde muchas veces. Ganamos un gran campeonato de nuestra historia, que fue el de los Descubrimientos, pero hace ya muchos siglos que hemos bajado de división. Vivir en un país así duele. La solución es ir coleccionando pequeñas victorias para masticar las grandes derrotas. No hemos sido campeones mundiales de fútbol, pero obtuvimos ese título en la categoría de sub-20. Nuestra economía es frágil, pero contamos con poetas extraordinarios.

En naciones así surge de cuando en cuando un redentor: alguien que se ha jurado a sí mismo no perder jamás. Es el caso de José Mourinho. En sus pupilas hipnóticas, se siente sobre todo una avidez insaciable y predadora de victorias. Por eso, hablando en lenguaje catalán, Mourinho, para los lusitanos, es mucho más que un entrenador. Este hombre funciona como la solución, un poco salvaje, para el enorme trauma de la derrota nacional. En su manera de ser se oye el eco de los militares que tuvimos. Cuando Mourinho se levanta del banquillo, es como si estuviera al mando de una nave de guerra portuguesa del siglo XVI. José Mourinho refleja esa cohorte de hombres sin piedad, muy realistas, que construyeron el imperio lusitano.

Es un conquistador del fútbol. Se ha lanzado a los mares del deporte internacional, con un delirio de victorias como horizonte, una brújula de pragmatismo y todos los cañones que hagan falta. Por eso, Mourinho y Guardiola son muy parecidos en algo. En los dos late el corazón de una cultura. En ambos, el profesionalismo se mezcla con un himno secreto de la tierra a la que pertenecen. Lo mismo pasa con Del Bosque, cuyo bigote melancólico podría haber sido pintado por Velázquez.

Se dice que Mourinho no ha inventado nada nuevo, pero yo creo que se ha sacado de la manga algo que podríamos llamar fútbol tentacular. Se trata, no de innovaciones técnicas o tácticas, sino de un aprovechamiento completo de todos los ingredientes del fenómeno futbolístico. Todo juega, en el fútbol de Mourinho. El balón se transforma en un pulpo infinito que lo atrapa todo. Por eso en sus ruedas de prensa domina ese ambiente de encontronazos de la gran área, cuando se bota un córner. Porque, para José, la charla con los periodistas es parte del juego. Él mismo lo dijo en una entrevista: las ruedas de prensa antes y después del partido son el partido.

Mourinho gestiona mejor que nadie el psicodrama de sus jugadores. Además, maneja muy bien los efectos mariposa del fenómeno balompédico. Sus declaraciones son remates de lejos, que buscan determinadas escuadras. Todo lo que hace tiene una intencionalidad táctica. Fútbol tentacular. Hasta la forma como saluda, las miradas que lanza son estrategia futbolística.

Y esto es a veces lo peor de Mourinho: su fanatismo. Uno lo mira y hay en él esa tensión sin descanso de los fundamentalistas de algo. ¿Un drogadicto de la victoria? Quizás, pero hay que comprenderlo a partir del síndrome de abstinencia portugués.

Mourinho siente que tiene que ganar todo lo que en Portugal se ha perdido. Por algo se ha propuesto, como último objetivo, conquistar un título como entrenador de su país. Su último reto será, pues, triunfar con la selección de todas las derrotas.

Confieso que lo admiro; pero a veces me decepciona, sobre todo cuando se siente demasiado que, para él, la victoria es lo único que importa. De cuando en cuando, asume actitudes incorrectas. E impresiona ver cómo su inteligencia prodigiosa no se da cuenta de que el vicio obsesivo del éxito acaba siendo una mediocridad. Portugal es un país que ha logrado sus mayores victorias cuando se ha atrevido a perderlo todo para ganarse a sí mismo.

A Mourinho estas sutilezas de nuestra cultura no le dicen nada. Prefiere el 1-0, el 2-1, a la goleada invisible de Pessoa. No obstante, José sabe que los mejores equipos de la historia del fútbol sufrieron derrotas dramáticas. Y los aficionados se pasan horas hablando de aquel gol que Pelé no marcó o de un balón que Maradona estrelló en el travesaño.

Mourinho lo es casi todo, pero no un poeta del fútbol. A la poesía no la convoca. Su perfil es más contemporáneo que portugués: Mourinho se parece terriblemente a esos ejecutivos sin patria que vagan por grandes empresas, apuntalando su carrera individual. Personas que se imponen en la piratería del mundo global, navegando en el acorazado de su currículum asombroso.

Nos hemos montado entre todos este circo romano del fútbol, y Mourinho se ha convertido, quizás, en su mejor gladiador. En el fondo, nosotros tenemos la culpa, a causa de tantas cosas que proyectamos en los botes de una pelota. El fútbol es, en nuestras sociedades, una metáfora permanente. Por eso, cuando José Mourinho dice algo más chulo, habrá que perdonárselo, porque en realidad los micrófonos los hemos puesto nosotros.

G. MAGALHÃES, escritor portugués

(Artículo publicado en La Vanguardia, 24-10-2010)

 

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