Para hablar y leer mejor II

Incluyo la segunda parte del texto de Vallejo-Nágera.

Encontrarás la primera aquí.

Consejos de Vallejo-Nágera para leer en público II

 

Los españoles necesitamos romper muchas inhibiciones para «actuar». El italiano es una lengua melódica; en Italia entonan al hablar, dan ritmo a la frase; hasta cierto punto actúan en cada conversación. Lo mismo con el portugués tal como lo hablan en Brasil. En Argentina lo hacen con el español. Nosotros no. Especialmente en Castilla no nos permitimos esas fantasías de los argentinos: «¡Pero qué lííííííndo!».

Estamos acostumbrados a tallar las palabras como si fuesen de cristal de roca, con aristas nítidas. Es un tono melódico seco, cortante, de modulación difícil. Quien lo hace bien, logra un nivel de austera elegancia y de belleza de lenguaje difícil de superar. A la menor ausencia de flexibilidad queda monótono.

Los dos minutos del parte meteorológico dígalos en imitación de un limpio acento castellano.  En los otros dos tírese «a tumba abierta», como dicen de los ciclistas que bajan despendolados por una carretera de montaña. En el vértigo está la diversión y, ya lo sabemos, hay que divertirse.

A partir del cuarto día puede permitirse sesiones de seis minutos. Desde el décimo día, de diez minutos.  Dos diarias, tal como antes hemos convenido.

Para esta primera fase arriesgada puede empezar con una caricatura, cuanto más exagerada mejor, precisamente de mis buenos amigos argentinos. Probablemente recuerda fragmentos de la letra de algún tango famoso.  Son perfectos para la tarea que recomiendo.

— ¿Por qué con acento argentino? Por la exagerada libertad de énfasis que antes hemos comentado «(lííííííndo», «sos un boluuuuudo»), tan opuesta a nuestro rigor.

Por cierto, asegúrese de que ha cerrado bien la puerta y que nadie escucha, porque su familia puede pensar que se ha chiflado, o que tiene una emisora clandestina y habla en clave.

Volvamos a los tangos.

— No me gustan los tangos. Es indiferente; se trata de un ejercicio de rehabilitación oral. Los tangos no los cante, ¡dígalos! Los mejores para nuestro propósito son los antiguos. Aunque no le gusten, quizá recuerde fragmentos de alguno: Adiós, muchachos, compañeros de mi vida.- Corrientes, tres cuatro ochoSola, fané y escangallada… Este último es una obra maestra de adaptación del texto para una música: Sola, fané y escangallada, la vi esta madrugada, salir del cabaré… A ver cómo se las arregla para decirlo sin ritmo de tango. Lo lleva clavado en cada sílaba. El autor del texto, Discépolo, era un libretista genial. Precisará varios ensayos antes de lograrlo. ¿Apostamos?

La esencia del ejercicio consiste en romper el condicionamiento, el hábito adquirido palabra-música y, a la vez, dar la máxima entonación, pero distinta de su melodía.

Para no amanerar la gimnasia de dicción, otro día, en lugar del tango, utilice el chotis Madrid, de Agustín Lara (Madrid, Madrid, Madrid, en México se piensa mucho en ti…), sin cantarlo; hay que «decirlo», y sin acento madrileño de actor de comedia de Arniches.

— ¿Le importa explicarme el motivo de este juego tan extraño de los tangos y chotis? Nunca recibí un consejo tan extravagante.

Hay un motivo técnico y uno psicológico. El psicológico es el que usted acaba de intuir, convertir el ejercicio en un juego. Bastante va a penar en la preparación de su primer discurso, ahora toca divertirse. En caso contrario odiará la tarea y dejará los ejercicios antes de tiempo. Pretendo que los convierta casi en un vicio. El propósito técnico es el descondicionamiento de automatismos. Con la ruptura de hábitos adquirirá una insospechada libertad de entonación.  Esa que no tenemos los españoles, tan encorsetados en el rigor de lenguaje. Si lo practica lo suficiente, exagerando de forma delirante, pronto podrá decir lo que quiera y como quiera. Un importante problema pendiente es elegir bien lo que quiere decir, pero es materia de otro capítulo.

En una nueva fase -en la semana siguiente- invierta las entonaciones. Diga el tango o un poema de amor que le guste, con la frialdad del parte meteorológico, y el parte meteorológico, o un fragmento de una columna de la guía telefónica, en el tono apasionado del más ardiente poema de amor. Escúchese en el magnetófono una y otra vez, repita con más exageración, cambie los tonos, juegue.

A los quince días del comienzo es el momento de escuchar el fragmento grabado el primer día y que ha tenido pudorosamente guardado. A continuación repita el mismo texto en la casete varias veces.  En tono apasionado, con acento francés, imitando a un inglés de opereta, como un niño, como una vieja…

Haga piruetas circenses con las palabras. Usted mismo no podrá creer los progresos que ha conseguido en tan poco tiempo. De todos modos sea prudente, y no ponga en marcha delante de nadie el magnetófono. El entrenamiento tiene gracia como concesión narcisista, no exhibicionista.

Ya es «amigo entrañable» del micrófono, no hay secretos entre los dos. Ahora tienen que prepararse para actuar juntos ante el público.

Coloque el micrófono en las distintas posiciones sobre una mesa, en un soporte para hablar de pie, colgado en «collar» o llévelo en la mano mientras pasea. Actúe, mueva los brazos y las manos, cambie de posición en la silla y compruebe que mantiene la distancia con el micrófono. Como dicen los chinos, ha dado un gran paso hacia delante (ahora que lo pienso, esa vulgaridad la dicen en todas partes).

— Oiga.

Diga.

— Que yo no quiero hacer lo de los tangos. ¿Por qué?

— Me da la risa floja. Además está usted en la luna, pues esas letras ya no las cantaba nadie cuando yo nací, no las conozco.

Pues no las utilice. Use un poema de García Lorca, o el «puedo prometer y prometo … » de Suárez, o eso tan bonito del «toro enamorado de la luna», al que le ocurre algo que no recuerdo «en la maná».

— Vale.

(VALLEJO-NÁGERA. Aprender a hablar en público hoy. Barcelona: Planeta, págs. 87-94)

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